
En su artículo semanal, del que soy admirador desde hace años y recomiendo las tres recopilaciones que se publicaron: Patente de Corso, Con ánimo de ofender y No me cogeréis vivo, Pérez Reverte la vuelve a clavar.
En todo, en el fondo y en la forma, en recuperar y exaltar parte de nuestra historia y en comparar el tratamiento que se le da comparado con otros países con muchísima menos historia, pero mejor envuelta y presentada.
Pero sobre todo, lanza su carga de profundidad para denunciar lo que está sucediendo con los marineros del Alakrana y la nefasta gestión del des-gobierno español, o lo que sea.
Cualquier otro país serio o con gobernantes mínimamente capacitados habría solucionado ya este asunto, habría salvado las vidas de sus ciudadanos y habría liquidado el asunto con rapidez, dos días máximo. Pero aquí no, somos gilipollas y los vividores de las fotos se traen a dos piratas para pasearlos por juzgados y comisarias y desvían la atención con el Pp, el abortó, el Gürtel y la puta que los parió a todos, y mientras los paisanos están con un puñado de salvajes drogados, armados hasta los dientes y con su vida pendiendo de un hilo.
Para su vergüenza, si la tuvieran o la conocieran, han tenido que ser las mujeres de los marinos los que salieran a denunciar la situación y a apremiar para que lo solucionen de una puta vez. Y el gobierno calla y sigue a la suya. Qué asco.
Pero mejor leer a Pérez Reverte, mucho más interesante.
EL CAZAPIRATAS SIN COMPLEJOS.
Me dicen los amigos hay que ver, Reverte, con esto del paisaje que tenemos y la que está cayendo, salimos a cabreo semanal con blasfemias en arameo, y hace tiempo que no cuentas ninguna de esas peripecias de la historia de España que dejabas caer por esta página, de marinos, conquistadores, aventureros y gente así, políticamente incorrecta, que a veces consuelan y hacen descansar de tanta basura parlamentaria y municipal, y tanta cagada de rata en el arroz. Y como los amigos siempre tienen razón, o casi, y es verdad que hace tiempo no toco esa tecla, hoy vamos a ello. De todas formas, para no perder el pulso de la actualidad actual, quisiera recordar a un personaje que practicó la alianza de civilizaciones a su manera. Ya me dirán ustedes si viene a cuento, o no.
Se llamaba Antonio Barceló, Toni para los amigos. Como de costumbre, si hubiera sido francés, inglés o de cualquier otra parte, habría películas y novelazas con su biografía. Pero tuvo el infortunio de ser mallorquín, o sea, español. Con perdón. Que es una desgracia histórica como otra cualquiera. El caso es que ese fulano es uno de mis marinos tragafuegos favoritos. Tengo su retrato enmarcado en mi casa, junto al de su colega de oficio Jorge Juan, y en el Museo Naval de Madrid hay un cuadro ante el que siempre me quito un sombrero imaginario: D. Antonio Barceló con su jabeque correo rinde a dos galeotas argelinas. Hijo de un marino comerciante y corsario, embarcó siendo niño en los barcos de su padre.
La primera fama la consiguió con sólo 19 años, en 1736, cuando ya navegaba como patrón del jabeque correo de Palma a Barcelona, y empezó a darse candela con los piratas norteafricanos que infestaban el Mediterráneo occidental. En aquellos tiempos, como no había telediarios donde hacer demagogia, a los piratas se les aplicaba directamente el artículo 14. Y Toni Barceló, que conocía el percal y no estaba para maneras de oenegé, lo aplicaba como nadie.
El ministro Moratinos y la ministra Chacón habrían hecho pocas ruedas de prensa con él. Prueba de ello es que, pese a ser marino mercante y no de
Lástima, insisto, de película que, como tantas otras, en este país de cantamañanas nunca hicimos. Ni haremos. Barceló libró combates y abordajes de punta a punta del Mediterráneo. Combatió a los piratas y corsarios, e hizo él mismo la guerra de corso con resultados espectaculares. Sin complejos. Su ascenso a teniente de navío lo consiguió por la captura al arma blanca de un jabeque argelino, que le costó dos heridas. Sólo entre 1762 y 1769 echó a pique 19 barcos piratas y corsarios norteafricanos, hizo 1.600 prisioneros y liberó a más de un millar de cautivos cristianos.
Y menos de diez años después, sus jabeques, navegando pegados a tierra y jugándosela en las playas, impidieron que la expedición española contra Argel terminara en un desastre. Eran tiempos poco favorables a la lírica, y lo de las fuerzas armadas españolas humanitarias marca Acme se la traía a Barceló, como a todos, bastante floja. Argelia era
También he dicho que era español, y eso tiene su pago de peaje. La envidia y la mala fe lo acompañaron toda su vida. Sus colegas de
Ganó honores y botines, rindió a enemigos, asombró al mismo rey, y mandó barcos y escuadras hasta los 75 años. Se retiró al fin a Mallorca, donde murió entre el respeto de todos. Fue uno de los poquísimos casos en que España no se comportó como ingrata madrastra, y agradeció los servicios prestados. Su fama fue tanta que en sus tiempos corrió en coplas una décima famosa, a él dedicada, que concluía: «Va como debe ir vestido / fía poco en el hablar / mas si llega a pelear / siempre será lo que ha sido».
Imaginen lo que se habría reído viendo lo de Somalia en el telediario, y a los piratas en


