domingo 8 de noviembre de 2009

Historia pasada... y presente.



En su artículo semanal, del que soy admirador desde hace años y recomiendo las tres recopilaciones que se publicaron: Patente de Corso, Con ánimo de ofender y No me cogeréis vivo, Pérez Reverte la vuelve a clavar.
En todo, en el fondo y en la forma, en recuperar y exaltar parte de nuestra historia y en comparar el tratamiento que se le da comparado con otros países con muchísima menos historia, pero mejor envuelta y presentada.
Pero sobre todo, lanza su carga de profundidad para denunciar lo que está sucediendo con los marineros del Alakrana y la nefasta gestión del des-gobierno español, o lo que sea.
Cualquier otro país serio o con gobernantes mínimamente capacitados habría solucionado ya este asunto, habría salvado las vidas de sus ciudadanos y habría liquidado el asunto con rapidez, dos días máximo. Pero aquí no, somos gilipollas y los vividores de las fotos se traen a dos piratas para pasearlos por juzgados y comisarias y desvían la atención con el Pp, el abortó, el Gürtel y la puta que los parió a todos, y mientras los paisanos están con un puñado de salvajes drogados, armados hasta los dientes y con su vida pendiendo de un hilo.
Para su vergüenza, si la tuvieran o la conocieran, han tenido que ser las mujeres de los marinos los que salieran a denunciar la situación y a apremiar para que lo solucionen de una puta vez. Y el gobierno calla y sigue a la suya. Qué asco.
Pero mejor leer a Pérez Reverte, mucho más interesante.

EL CAZAPIRATAS SIN COMPLEJOS.
Me dicen los amigos hay que ver, Reverte, con esto del paisaje que tenemos y la que está cayendo, salimos a cabreo semanal con blasfemias en arameo, y hace tiempo que no cuentas ninguna de esas peripecias de la historia de España que dejabas caer por esta página, de marinos, conquistadores, aventureros y gente así, políticamente incorrecta, que a veces consuelan y hacen descansar de tanta basura parlamentaria y municipal, y tanta cagada de rata en el arroz. Y como los amigos siempre tienen razón, o casi, y es verdad que hace tiempo no toco esa tecla, hoy vamos a ello. De todas formas, para no perder el pulso de la actualidad actual, quisiera recordar a un personaje que practicó la alianza de civilizaciones a su manera. Ya me dirán ustedes si viene a cuento, o no.

Se llamaba Antonio Barceló, Toni para los amigos. Como de costumbre, si hubiera sido francés, inglés o de cualquier otra parte, habría películas y novelazas con su biografía. Pero tuvo el infortunio de ser mallorquín, o sea, español. Con perdón. Que es una desgracia histórica como otra cualquiera. El caso es que ese fulano es uno de mis marinos tragafuegos favoritos. Tengo su retrato enmarcado en mi casa, junto al de su colega de oficio Jorge Juan, y en el Museo Naval de Madrid hay un cuadro ante el que siempre me quito un sombrero imaginario: D. Antonio Barceló con su jabeque correo rinde a dos galeotas argelinas. Hijo de un marino comerciante y corsario, embarcó siendo niño en los barcos de su padre.

La primera fama la consiguió con sólo 19 años, en 1736, cuando ya navegaba como patrón del jabeque correo de Palma a Barcelona, y empezó a darse candela con los piratas norteafricanos que infestaban el Mediterráneo occidental. En aquellos tiempos, como no había telediarios donde hacer demagogia, a los piratas se les aplicaba directamente el artículo 14. Y Toni Barceló, que conocía el percal y no estaba para maneras de oenegé, lo aplicaba como nadie.

El ministro Moratinos y la ministra Chacón habrían hecho pocas ruedas de prensa con él. Prueba de ello es que, pese a ser marino mercante y no de la Real Armada –allí sólo podían ser oficiales y jefes los chicos de buena familia–, fue ascendiendo en ésta, con los años, de alférez de fragata a teniente general, a lo largo de una vida marinera bronca, azarosa y acuchilladora. Dicho de otra forma, a puros huevos.

Lástima, insisto, de película que, como tantas otras, en este país de cantamañanas nunca hicimos. Ni haremos. Barceló libró combates y abordajes de punta a punta del Mediterráneo. Combatió a los piratas y corsarios, e hizo él mismo la guerra de corso con resultados espectaculares. Sin complejos. Su ascenso a teniente de navío lo consiguió por la captura al arma blanca de un jabeque argelino, que le costó dos heridas. Sólo entre 1762 y 1769 echó a pique 19 barcos piratas y corsarios norteafricanos, hizo 1.600 prisioneros y liberó a más de un millar de cautivos cristianos.

Y menos de diez años después, sus jabeques, navegando pegados a tierra y jugándosela en las playas, impidieron que la expedición española contra Argel terminara en un desastre. Eran tiempos poco favorables a la lírica, y lo de las fuerzas armadas españolas humanitarias marca Acme se la traía a Barceló, como a todos, bastante floja. Argelia era la Somalia de entonces, más o menos, y a los atuneros de entonces los protegió a su manera: en 1783 fue con una escuadra a Argel, disparó 7.000 cañonazos contra la ciudad e incendió 400 casas. Sin despeinarse.

También he dicho que era español, y eso tiene su pago de peaje. La envidia y la mala fe lo acompañaron toda su vida. Sus colegas de la Real Armada no podían verlo ni en pintura, y andaban locos por que se la pegara. No tuvo, como es natural, amigos entre sus pares. Ayudaba a eso su persona y carácter, poco inclinado a tocar cascabeles. Era hombre rudo y de escasa educación ­­–sólo sabía escribir su nombre–, brusco de modales, sordo como una tapia por el ruido de los cañones. Tampoco era guapo, pues la cicatriz de un sablazo le cruzaba el careto de lado a lado. Gajes del oficio. Pero sus tripulaciones lo adoraban, peleaban por él como fieras y lo acompañaban, literalmente, a la misma boca del infierno.

Ganó honores y botines, rindió a enemigos, asombró al mismo rey, y mandó barcos y escuadras hasta los 75 años. Se retiró al fin a Mallorca, donde murió entre el respeto de todos. Fue uno de los poquísimos casos en que España no se comportó como ingrata madrastra, y agradeció los servicios prestados. Su fama fue tanta que en sus tiempos corrió en coplas una décima famosa, a él dedicada, que concluía: «Va como debe ir vestido / fía poco en el hablar / mas si llega a pelear / siempre será lo que ha sido».

Imaginen lo que se habría reído viendo lo de Somalia en el telediario, y a los piratas en la Audiencia Nacional

sábado 7 de noviembre de 2009

Con todos los honores.


Yo no sabía quién era el tal Frantisek Vesely, pero ya no lo olvidaré.
Descubrí su existencia justo cuando ya se había ido. Al llegar el miércoles al estadio del Slavia de Praga, cientos de velas iluminaban una foto suya en la puerta principal. Pregunté y nos contaron que fue un legendario futbolista del Slavia, Campeón de Europa con Checoslovaquia en 1976, en aquella final del famoso penalti de Panenka.
Hacía pocos días que había fallecido y su afición lo recordaba con velas. Sin duda, un gesto precioso que, al día siguiente, cuando volvimos al estadio para el partido, lo fue más aún al multiplicarse las velas.
Pero para los seguidores del Slavia no era suficiente y, con el partido empezado, realizaron el tifo que ven en la foto. Desplegaron una enorme imagen de Vesely, con una pancarta y unos minutos ininterrumpidos de aplausos. La ovación al mito.
Aunque nos creamos en España que somos los jefes de esto, cuando sales fuera te enseñan que aún nos queda mucho que aprender de cómo despedir a los mitos, de como tratarlos cuando aún están vivos y como homenajearlos cuando mueren.
Un 10 para la gente del Slavia, humildes en lo futbolístico, pero en lo más alto en cuanto cómo tratar a sus iconos.

Con Abel, hasta el final.


Con bastante retraso escribo unas líneas para aniñar al bueno de Abel Resino. No ha tenido suerte en esta su segunda temporada en el Atlético. Realmente, no le han dejado tenerla porque desde antes del verano todo fueron trabas y zancadillas y la cosa terminó de la única manera que era posible, con él fuera y el equipo hecho unos zorros, lo normal cuando los que están por encima no piensan en la entidad sino en sus intereses particulares.
Pero en el palmarés de Abel quedará haber metido al Atlético en Champions cuando lo cogió bastante lejos de esos puestos. Ni la prensa le ha tratado bien, ni otras personas, pero él se ha ido tan digno como llegó, sin casarse con nadie, sin ceder a las presiones, sin venderse... con dos cojones.
Por eso Abel es un grande, porque con sus ideas es el único entrenador que mantuvo al Levante en Primera en cuatro décadas, porque metió al Atlético en Champions, porque al Castellón lo tuvo peleando el ascenso y con el desaparecido Ciudad de Murcia lo tuvo en la mano... los resultados le avalan, aunque no sea mediático por no venderse a la prensa.
Con todo, me acerqué a Londres a ver el Chelsea-Atlético, para que al menos alguien le arropara ya que desde su club no tenía mucho apoyo. Fue su último partido con el Atleti, pero fue un honor estar cerca, animando a un buen amigo.
Ahora es Quique quien ocupa ese banquillo, otro tío cojonudo, con sus cosas, pero buen tío y, lo que importa, muy buen entrenador. Maltratado en Valencia, el tiempo le dio su justo castigo a los que pitaron a Quique y sin él, el Valencia rozó el descenso y no ha vuelto a Champions, cuando Quique ha sido el único entrenador que ha clasificado a los chés para Champions dos años seguidos. Ahí queda eso, para que venga un guapo y lo supere. Al menos que lo iguale.
Suerte para Quique, se la merece.

domingo 11 de octubre de 2009

El Raúl de Mestalla.



La semana pasada cenamos con el capitán sin brazalete, como nos gusta llamar a Albelda. Valencianista al 101 x cien, futbolero en la misma medida, ídolo para muchos e histórico para todos. Compartir conversación con Albelda siempre es un placer, porque siempre te permite aprender muchas cosas de él.
Ahora sufre partidos se suplencia, pero eso no acabará con él, está curtido en la dureza de los campos de tierra y sabe que si llegar lo costó y mantenerse ahí no le fue fácil, tener la justa despedida que merece le va a costar aún más, pero lo va a pelear. Todo lo que ha conseguido en el mundo del fútbol ha sido a base de pelea y los años no le han hecho perder esa constancia.
David Albelda es uno de esos futbolistas que está por encima de colores, que merece la admiración de cualquier aficionado y, aunque yo siempre fui más de su hermano Pepito (ex jugador del Levante), reconozco que admiro a Albelda por un montón de cosas.
Por eso, y porque creo que era justo, escribí unas líneas que ilustraron la amplia entrevista que publicamos en el As. A la gente le gustó el artículo así que lo reproduzco:

El Raúl de Mestalla no se rinde.
"Lamenta Albelda el final de Angulo, apartado del grupo en verano cuando su pasado exigía otra cosa. Y se lamenta porque él es el último mohicano y le escuece que su club no cuide a los que firmaron las páginas doradas. Eso y que él vivió lo mismo en sus carnes, apartado por un presidente incapaz, apaleado por medios de comunicación pagados y, ahora, escuchando pitos por una parte de la grada que no sé qué le achaca. Es el inmerecido presente de un jugador de leyenda, que sí se negó a irse al Madrid (algunos de ahora no y les aplauden a rabiar) y que se ganó enemistades por defender con vehemencia todo lo que representa el valencianismo. Su valencianismo. Ése que ahora le pita en un tic absurdo que perjudica al equipo y a la madurez de la grada.
U na grada que hace bandera de lo suyo pero que luego ha silbado a la mayoría de jugadores valencianos salidos de su cantera: Farinós, Mendieta, Sánchez... entre los recientes. Ahora le toca a Albelda, exponente de fidelidad a unos colores que extraña en el fútbol actual. Raúl, Puyol, Xavi, Giggs, Maldini... son otros mitos con unos solos colores, jugadores que engrandecen el deporte, por lo que da pena que parte de Mestalla no sepa reconocer su mérito. En el capitán madridista, buen amigo de David, encontramos el otro extremo: la prensa pide su jubilación año tras año, pero el Bernabéu se derrite cada vez que sale. Raúl no se discute, se ama y algo así debería ocurrir con Albelda, que se sigue partiendo la cara por lo suyo. Por su Valencia, aunque le piten".

viernes 9 de octubre de 2009

Preciado, el más grande.


El pasado lunes vivimos la gala de Centenario del Levante. Fue emotiva, bien organizada, muy bien diría yo… un paso al frente en el avance de club que todos pretendemos, en desprenderse de la herencia casposa que le han dejado los últimos 20 años y en entrar, con toda su modestia, en los tiempos que corren aunque sea por la puerta de atrás. Un diez para todos los que vinieron de lejos, como mi amigo Carlos Cantarero (en la foto) o como Gianni de Biasi, que en unos meses como granota se ganó a la gente y la gente se lo ganó a él, pues se siente como en casa en todo lo relacionado con el Levante.

Un solo pero, las ausencias. Y no me refiero a aquellos que fueron invitados y no acudieron, peor para ellos y quedan retratados como lo que son. Me refiero a personas que han dado mucho por este club, que han trabajado de manera anónima durante una década o más, y a los que se pasó por alto invitar. Me refiero por ejemplo al doctor José Nebot, que hasta ha puesto dinero de su bolsillo por el Levante, o a Vicente Medina, que ha recorrido miles de kilómetros haciendo informes durante 14 años o ha entrenado al equipo que le asignasen, fuera una situación propicia o no. Al club se le olvidó llamarlos, un borrón en una fiesta que mereció muy mucho la pena.

Y, entre todos los asistentes, el triunfador fue Manolo Preciado. Un grande entre los grandes, que acudió presto a la llamada de un club que lo maltrató, sabedor de que fue responsabilidad y decisión única (como casi todas las que se tomaban) de Pedro Villarroel. Preciado ama al Levante, al que devolvió a Primera después de cuatro décadas y al que la grada adoraba. Durante las celebraciones del ascenso, la afición y los jugadores (fueran titulares o no) no se cansaron de cantar: “Preciado quédate”, pero cuanto más lo hacían, más claro tenía Villarroel que había que echarlo. No toleraba que nadie le hiciera sombra, quería todos los elogios para él, demostrar que Preciado no era responsable del éxito sino que él y sus fichajes lo eran.
No lo logró y el lunes volvió a quedar claro que en el ideario de la afición Manolo Preciado es y será el gran protagonista de aquel ascenso, el hacedor de la mayor ilusión que jamás haya vivido el levantinismo.

Encima, Manolo es una persona excepcional, con mayúsculas, querido por los que lo han tratado mucho o poco. Un ejemplo de vitalidad, de alegría por vivir pese a los múltiples palos que le ha dado la vida. Perdió a su mujer y a uno de sus hijos en sólo tres años, pero se rehizo de todo para volver a renacer en Gijón, donde es ídolo. No podía ser de otra manera. El Molinón lo adora, como lo hacía el Ciutat, pero allí hay seriedad y lo mantuvieron tras ascender al Sporting. Lo mantuvo, claro, mientras que el Levante del que Villarroel lo expulsó descendió, claro.
Sirvan estas líneas pues para rendir homenaje, un homenaje más, a Manolo Preciado, un tío cojonudo y un entrenador magnífico. Por eso, me quedo con el arranque espontáneo, hasta por tres veces, de la afición granota en el teatro Principal coreando su nombre en uno de los momentos más emotivos de la noche y de, posiblemente, todo el año del Centenario.

Manolo es un grande y, por eso, en uno de los libros del Centenario para los que me pidieron un relato (y muy agradecido al que lo hizo, José Vicente Peiró que se lo está currando a lo bestia en este Centenario entre libros, himno…) y que creo que sale a la venta en diciembre, escribí sobre la persona de Preciado, creyéndolo merecedor de ello pues puede representar bien la historia del Levante: sufrimiento y superación.
La respuesta de la gente granota el pasado lunes me reafirmó en la idea de que había sido un acierto porque fue, es y será el más querido.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Sin término medio.


Tiene gracia. Ya no existe el término medio, la teórica objetividad, la libertad para escribir, para opinar. Lo he comentado ya alguna vez. Si defiendes a alguien eres un comepollas, así sin más, y si le criticas, un cabrón que vas a por él porque no te da bola, no te filtra… o cualquier otra cosa.

Lo he comprobado en una semana, más o menos. Después del partido de la Europa League, en el que criticaba la rotación masiva de Unai, me dijeron varias personas que por qué iba a por él, que qué me había hecho… me hizo gracia. Esta semana, por un par de artículos de opinión en los que defiendo, no a Unai en sí, que también, sino la locura en la que se ha convertido esta ciudad a la hora de no tener mesura con los entrenadores, he pasado a defenderlo a muerte y, las mismas personas, me preguntan por qué lo defiendo si es que es muy malo… y todo por no pararse un segundo y unir cosas.

Si una semana se critica y otra se defiende a la misma persona será porque uno es libre, no milita en ninguna trinchera y tiene la posibilidad de decir lo que quiera de quien quiera, siempre dentro de unos límites.

Y eso es lo que pasa, afortunadamente nada me va en lo personal con ningún personaje de nuestra Valencia futbolística, por lo que puede opinar con libertad y sin que haya segundas lecturas.

A veces las cosas son lo que parecen: una semana me parece mal un planteamiento de Emery y la siguiente creo que ha acertado en lo que ha hecho o que no es culpable de lo que le achacan.

Por cierto, los dos artículos de esta semana, que han gustado son:

Echar a Emery y traer a Koeman.

Algo pasa en Valencia con los entrenadores que ninguno nos vale. Aunque llegue a dos finales de Champions (Cúper) o pese a que vaya dos años seguidos a Liga de Campeones (Quique), son maltratados. Pese a que el tiempo ha demostrado que se fue injusto con ellos, no hay rectificación y ahora Emery es el muñeco del pim pam pum. Si rota porque rota, si no porque agota a los titulares. Si aparta a un jugador es injusto y si no es un blando.

Si no quiere a Banega es que no le da oportunidades y, si lo cambia, porque ya es imprescindible. Mathieu debe jugar, Zigic merece más, Albelda también, Pablo y Joaquín a la vez... habrá que alinear 16. Cuestionamos sus cambios, sus métodos, su carácter, sus gestos, sus camisas (eso sí es cuestionable, la verdad)... debe hacerlo todo mal.

Así que lo mejor es destituirlo ya porque no da una a derechas, la cosa va a más y las ruedas de prensa son ya con el cuchillo en la mano pese al carácter afable de Unai. Quique era estirado y Emery que es sencillo tampoco nos gusta. La experiencia nos dice que lo suyo es echarlo y así que aterrice el Koeman de turno... Podríamos pararnos a pensar un minuto, dar un margen y ver qué pasa creando en Valencia un ambiente tranquilo.

El segundo es:

Emery y la dinámica de lo impensado.

En su obra ‘Fútbol, dinámica de lo impensado’, Dante Panzeri insistía ya en 1967 en que, por mucho que los entrenadores se empleen en intentar controlarlo todo, en que los jugadores se muevan cómo y cuándo ellos quieren y en adelantarse a cualquier maniobra del rival, el fútbol es mucho más que eso, es imposible de prever en un grado altísimo pues 22 seres humanos no se pueden dirigir como robots. Es lo impensado, lo que se escapa al control incluso de los técnicos que más trabajan, que más diseccionan al equipo que tienen delante, que más información le dan a sus hombres y que mejores instrucciones les ofrecen. Es lo que nos queda a los aficionados para que el balón siempre nos sorprenda y el arma a la que se agarran conjuntos de menor entidad para ganarle a otros más potentes. Y muchas veces los partidos se deciden por ahí, triturando pizarras, dvd’s y teóricas superioridades. El fútbol está vivo y los resultados se mueven más allá de la previsión inicial de los entrenadores.

Por eso, todo en el Valencia sería distinto si Bruno no hubiera estampado un mal despeje en la cara de un rival dando así la asistencia del 1-1 en Lille y si Moyá no hubiera salido a por uvas ante el Sporting, colaborando al 2-2 en Mestalla. Dos errores, dos lances impensados pero que se produjeron y que han encapotado el panorama en Valencia, donde se vive al borde la tragedia permanente. ¿Tiene la culpa Unai de esas dos acciones fortuitas? No, es evidente, puede errar en la elección de futbolistas, pero no ya en lo que éstos hacen dentro

del campo. Pero hay poca reflexión y aquellos que estaban esperando a Emery ya le señalan con el dedo porque debe ser muy grave haber sumado 7 de 9 puntos. Le culparán de si llueve o de si sale el sol, con lo que lo mejor es no escucharles. No hasta que lean y entiendan a Dante Panzeri. La verdad está en los libros, no en los que más chillan.

lunes 14 de septiembre de 2009

"¿Pero esto sale en toda España?"


El maestro Enric González escribía esta pequeña obra de arte en su columna de El País este lunes.
Me preguntaba algún indocumentad@ que si esto salía a nivel nacional, como dando por seguro que no podía traspasar el entorno de la Comunitat un club tan insignificante... en fin, con sus preguntas ell@s solos se contestan.
Disfrutad del artículo, allá donde estéis, por si no ha salido fuera de la Comunitat... País!!!
La biblia levantinista.
La desgracia es un gran estímulo literario: a veces estamos tan mal que sólo nos queda nuestra historia, y necesitamos contarla. La Biblia, por ejemplo, se escribió a golpes de cataclismo. La idea de redactar una biografía de Dios, del mundo y del pueblo judío surgió hace unos 28 siglos; como suele ocurrir con las buenas ideas, no fue una sola persona quien la puso en práctica: en el reino de Israel apareció un libro, y en el reino de Judá, otro. Contaban más o menos lo mismo, pero lo contaban de manera diferente. Unos siglos más tarde, tras la desaparición de Israel por conquista asiria, un editor en Judá decidió crear un relato único e hizo un gran trabajo recortando y pegando.
Cualquier lector del Génesis nota que ahí hay dos historias entrelazadas, que no coinciden ni en el nombre de Dios: Yahvé en un caso, Elohim en otro.

Luego, cuando Judá también se hundía por la presión babilonia y egipcia y los judíos atravesaban un momento pésimo, alguien decidió mantener viva la esperanza contando la historia por tercera vez: el Deuteronomio. E hizo que el texto, supuestamente antiquísimo (había que atribuir la obra, como las otras, a Moisés), apareciera milagrosamente en los sótanos de un palacio.

Lo de la desgracia y las letras (y lo de las dos historias entrelazadas) se repite ahora en el Levante, que esta semana ha cumplido 100 años. Hay algo judaico en el fenómeno granota: son pocos, no tienen la historia más gloriosa del fútbol mundial (sólo han asomado la cabeza por Primera de vez en cuando), pasan por un presente más bien apretado (la sociedad está intervenida) y ante ellos se dibuja un futuro tan difícil como el pasado. Pero en materia de letras no hay quien les gane.

El propio club patrocina, con ocasión del centenario, varios libros "oficiales" sobre el levantinismo. Y un grupo de escribas, coordinado por Felip Bens y José Luis García Nieves, acaba de publicar una pieza fabulosa, casi bíblica por alcance y por tamaño: ronda las 800 páginas y se trata sólo de un primer tomo, que abarca la historia del fútbol valenciano y del Levante desde fines del siglo XIX hasta 1922. Dudo que exista algo igual referido a cualquier otra institución futbolística, incluyendo las más gloriosas.

Según la biblia levantinista, el Levante, como el Génesis, surge de dos tradiciones muy distintas. La del Levante FC, fundado por el catedrático socialista José Ballester Gozalvo, alto cargo de la República y luego exiliado en Francia, con un evidente tono laico y progresista y con camiseta blanquinegra; y la del Gimnàstic, fundado por los jesuitas del Patronato de la Juventud Obrera con los colores azulgrana y con el propósito de entretener a los chicos y evitar que se acercaran a la ideología de personas como Ballester Gozalvo.

De la fusión de ambos clubes, el laicista y el católico, en 1940 (la biblia no ha llegado aún a ese punto), surgió el Levante de hoy.

Cabe desear que la gente granota no se enfrente, como ocurrió con los judíos, a 2.000 años de exilio.

Si así fuera, al menos podrían aprovechar el par de milenios para leer la historia de su primer siglo.